martes, 26 de junio de 2012

EL ARTE HACE LIBRE AL SER HUMANO

                                                                                                                   Por Carolina Cárdenas Jiménez

Nietzsche plantea en su libro El nacimiento de la tragedia, que a través de la obra literaria del mundo griego antiguo se vislumbra la cosmovisión de esta civilización, la cual se divide en dos visiones que se contraponen: lo apolíneo y lo dionisíaco. Lo apolíneo es imaginación, sueño, razón, imagen, medida, claridad y luz. Mientras que lo dionisíaco es embriaguez, caos, música, desmedida y  oscuridad. Ellas son las dos grandes fuerzas primigenias e inherentes del universo y la naturaleza del ser, que se contradicen, pero que sin embargo se necesitan mutuamente para existir. Estas dos fuerzas se asemejan a la muerte y a la vida, a la luz y la oscuridad que se necesitan para poder existir, pero que deben ser cuidadosamente integradas en el arte.


En la tragedia a partir de lo dionisíaco, específicamente desde el coro, la intención de autores como Sófocles y Esquilo era crear una relación entre el hombre y los dioses, y por supuesto lo religioso. El coro, a través de la música se convierte en la conciencia, en los juicios de valor, en el carácter moralista que le dice y prácticamente le dicta al espectador cuál debe ser su cosmovisión. En oposición a esta postura, Eurípides se encarga de arrancar lo dionisíaco de su propuesta artística.


Eurípides al dejar que únicamente la fuerza apolínea dibuje su nueva propuesta literaria, logra la objetividad en la literatura. Cuando hago uso de la palabra objetividad, quiero mostrar que este autor podó el texto literario de posturas enteramente subjetivas, emotivas, y claro moralistas que en principio, desde mi punto de vista, no permiten que la misma sea libre y por tanto no le consienta al espectador desde su subjetividad y cosmovisión recrear y reinventar la obra. En otras palabras, se podría decir que al quitarle a ésta el manto de la subjetividad grabada por el artista, se logró que la obra se convirtiera con el devenir en lo que en parte es la esencia del arte. Sin embargo, el escritor creativo no puede  desprenderse de su espíritu, de lo dionisíaco, en el momento en que crea su texto literario. Es decir, las fuerzas sobrenaturales, lo místico, son inherentes a la verdadera obra de arte. Como vemos es desde allí que se le da el aliento, la esencia y se enmarca a la creación. Es esa fuerza la que envuelve a la obra de embriaguez y  de sentido.


Es fundamental comprender que para que una obra sea una creación artística, es esencial que lector y creador sean libres de plantear su propia filosofía de la existencia, la cual se encuentre purificada de doctrinas y “verdades absolutas” en el momento en que el espectador la contemple y el artista la cree. Pero también requiere ser creada desde la fuerza sobrenatural y espiritual del escritor.


En conclusión, el arte se crea paradójicamente a través de dos maneras de ver el mundo: la objetividad y la subjetividad. El artista, tiene como meta liberar a su obra del moralismo construido bajo los dogmas del ser humano y purificarla de una mirada maniqueista. Es su obligación como creador abrir su mente, aprender a levitar por encima de lo impuesto, de lo que está bien o mal. El verdadero escritor abre el espectro infinito de interpretaciones a partir de las cuales puedan ser leídas y reinventadas sus historias. En este sentido, en el momento en que el espectador contempla y lee la obra, crea otros posibles universos encargados de purificar su espíritu de aquello que no le permite volar y ser libre. La obra artística es un espacio para que el ser humano se reinvente a sí mismo y a su realidad.